martes, 6 de enero de 2026

20 años de una transformación intelectual

Dicen que cuando uno se pone viejo empieza a recordar continuamente anécdotas y recuerdos de lo vivido.  Quizás es algo que me pasa sobre todo desde que cumplí 50 años y ya mis padres no están conmigo en este plano.

En 2005 había iniciado mis estudios de maestría en el IESA con mucho entusiasmo.  En las primeras semanas de introducción al programa, se llevaba a cabo lo que llamaba "La Experiencia IESA" en donde, entre conferencias y actividades de integración, la escuela nos enseñaba lo que sería nuestro pasar por sus aulas.  Causaba mucho impacto la charla del ya fallecido profesor Asdrubal Baptista, quien con su elegante exposición, nos mostraba parte de su trabajo, en especial una gráfica que impactaba bastante, en donde se mostraba que el stock de capital privado en Venezuela había venido cayendo desde 1958, y en especial desde la nacionalización petrolera.  En mi, este dato causó mucho impacto, por lo que en ese momento decidí que la materia de entorno económico la tomaría con ese profesor.

Con el avanzar del programa, una buena amiga que ya se había graduado, me recomienda que no deje de ver clases con el profesor Hugo Faría.  Cuando tocó el trimestre de la materia Entorno Económico, me puso en disyuntiva de verla con el profesor Baptista o seleccionar a Hugo Faría.  Al final, seguí el consejo de mi amiga, con la idea de intentar tomar luego alguna otra materia con el profesor Baptista.  Me acuerdo que nuestro grupo de clases era pequeño, comparado a los grupos de los otros profesores lo que hizo que la clase fuera un poco más cercana en las discusiones. 



Las clases con Hugo fueron intensas.  Era un profesor exigente, nos daba muchísima información en cada clase.  Su programa lo dividía en dos partes, una parte macro economía pura y dura, modelos, curvas, entender términos de macroeconomía.  Y la segunda parte, economía política, en donde nos ponía a discutir temas de política y nos enfrentaba a autores, que para mi eran completamente desconocidos.

La primera clase recuerdo que Hugo nos dice "en Venezuela no ha habido nunca capitalismo".  Eso causó una duda en mi cabeza. Mi respuesta fue "como que no hay capitalismo si yo como en McDonald's y bebo Coca Cola".  A lo que el profesor va y me explica que para que haya capitalismo no es solo que existan empresas capitalistas sino que deben respetarse los derechos de propiedad, algo que en Venezuela se violaban sistemáticamente, y recordaba que entre 1961 y 1989 las garantías económicas establecidas en la constitución de la República de 1961 habían permanecido suspendidas (algo que yo desconocía completamente).  Esta reflexión me hizo dudar seriamente.

En esa época yo trabajaba en la autoridad tributaria de Venezuela y había sido formado en la idea de que al evasor de impuestos había que perseguirlo y que en nuestro país (si, era un tibio socialdemócrata), dada nuestra cultura rentística, nos habíamos acostumbrado a no pagar impuestos.  Pues ese fue el segundo concepto que Hugo me puso a prueba, y cuando intento discutirle me responde "imagina que los impuestos es lo que le pagas al Estado para que te de servicios; le pagas por educación, y al no dártela tienes que pagar por tu educación, le pagas para que te brinde servicios de salud, y no te los brinda, por lo que tienes que pagar médicos y seguros privados y finalmente, le pagas para que te de seguridad, que si es una función del Estado, y no te la da, por lo que tienes que pagar por vigilancia privada o asegurar tu propiedad, entonces pagas o no impuestos?". Esa argumentación me dejó sin palabras.

Conforme avanzaban las discusiones, Hugo nos da a leer el resumen del famoso libro de Hayek, Camino de Servidumbre (una edición breve en español que había editado el CEES de Guatemala. Para mi fue la primera epifanía intelectual.  No podía entender como alguien podía explicar con tanta claridad y exactitud lo que pasaba en Venezuela.  Desconocía quien era ese señor Hayek, pero leerlo me hizo hacerme muchas preguntas y sobre todo me llevó a comprar el libro, leerlo completo y empezar a descubrir el pensamiento liberal.

Coincidió ese año 2006, que se cumplían 30 años de la edición de libro de Carlos Rangel, Del buen salvaje al buen revolucionario, editado por Cedice (en una de las mejores ediciones que ha tenido ese libro).  Fue mi segunda epifanía. Rangel se había suicidado cuando yo tenía 14 años, y yo no había prestado atención de su obra, más allá que en mi casa se veía todas las mañanas su programa Buenos Días, que conducía con su esposa Sofía Imber.  El libro de Rangel, su obra magna, me puso a cuestionar varias ideas que cimentaban mi pensamiento respecto de Venezuela.  En la misma obra Rangel menciona a Hayek y a Mises, cosa me que hizo conectar con la lectura que había hecho de Hayek.  Luego de estos dos libros mi vida intelecual dio un giro de 180 grados.

A partir de ahí devoré cuanto libro me era posible.  De Hayek salté a Mises (Socialismo, Burocracia, Gobierno Omnipotente), Alberto Benegas Lynch (que luego sería mi profesor), Jesús Huerta de Soto y otros autores. Recuerdo que leyendo a Mises, en 2006 Hugo Chávez anunciaba que crearía un partido socialista unido (PSUV), algo que me aterró, ya que leía en las páginas de estos autores como describían al calco lo que estaba pasando y con el tiempo ha venido pasando en mi malogrado país.

De la mano de Hugo seguí descubriendo otros autores, fue mi tutor de tesis de maestría, que luego llevamos a publicación en una revista arbitrada, y que me tocó exponer, en inglés, ante una audiencia de autores que yo mismo había citado en mi trabajo, una experiencia que agradezco ya que me abrió las puertas al mundo académico y a los círculos liberales.

Gracias a Hugo, y por su recomendación, visité en 2008 por primera vez la Universidad Francisco Marroquín, la casa de la libertad, a un coloquio patrocinado por Liberty Fund, sobre las ideas de Frederic Bastiat, unos de mis autores favoritos y de Hugo también.  Esa experiencia me abrió la puerta a varios coloquios y a ser profesor invitado en esa prestigiosa universidad, casa de estudios que visito al menos una vez al año.

En 2010 tomé la decisión de irme de Venezuela y radicarme en la República Dominicana, país del que acogí su nacionalidad.  En ese periplo realicé mi programa doctoral de la mano de mi recordado Juan Carlos Cachanosky, en donde reforcé y formalicé lo que ya venía estudiando de forma anarquica, pero que asentaron mi formación como economista que sigue la tradición de la Escuela Austríaca de Economía.

Para 2020, fui aceptado como miembro de la Mont Pelerin Society, el foro liberal fundado por Hayek, y que a pesar de todo, sigue siendo un referente de discusión de las ideas que sostienen a la sociedad libre y que son las que hasta hoy considero que son las ideas correctas y que pueden sacar a Venezuela de la grave crisis que vivimos desde hace más de 27 años.

Todo este camino intelectual, que ha marcado mi carrera profesional y académica, y de la que se cumplen ya 20 años, se lo debo a mi maestro, mi mentor, y como le dije recientemente, mi papá intelectual, Hugo Faría.  De Hugo aprendí mucho, pero sobre todo entender el daño que había hecho esa mezcla de mercantilismo y socialismo en los últimos 60 años de vida republicana, el desprecio que hay que sentir por esos empresaurios, que dado su estatus social no son capaces de entrar a robar a nuestras casas y lo hacen vía el Estado a través de protecciones y prebendas, y finalmente el amor por la libertad, un valor indivisible, que no se puede cortar a tajos, y que se debe abrazar plenamente.

Solo tengo que decir una cosa: gracias Hugo.

sábado, 21 de junio de 2025

No son mejores, solo van más lentos

Venezuela vive desde hace 26 años un proceso destructivo sin paralelo en la región.  Su moneda se ha devaluado en porcentajes astronómicos, la economía ha retrocedido a niveles de casi inicios del siglo XX, altos niveles de inseguridad, emigración forzada de más de 7 millones de venezolanos regados por el mundo, y todo esto bajo el manto de una oprobiosa y corrupta tiranía socialista que nunca pensó en abandonar el poder desde que lo obtuvo por votación popular en 1998.

Antes de 1998 Venezuela era el típico país subdesarrollado latinoamericano, pero teníamos una fuente de ingresos que no tenían los otros: el petróleo.  Desde su descubrimiento alrededor de 1920, permitió que el estado, usando su prerrogativa de ser el dueño del subsuelo y sus riquezas (nefasta doctrina heredada desde la época colonial) otorgó concesiones nacionales y extranjeras para la explotación petrolera, y eso le permitió obtener recursos fiscales que a su vez, de alguna u otra manera se fueron viendo reflejados en el progreso de ese país rural en donde apareció el petróleo.

A pesar de que la explotación petrolera generó ingresos importantes, se gestaron ideas de que era insuficiente lo que estas empresas que explotaban ese recurso pagaban al fisco nacional. Y esa idea no solo era dentro del país, también era compartida en buena parte de Latinoamérica y de los países productores de petróleo. Siempre recuerdo una de las tiras de Mafalda quien, al ver a su recién nacido hermano lactando del pecho de su madre, lo equiparaba a una empresa petrolera que extraía recursos de Venezuela.


Estas ideas nos llevaron progresivamente a creer que éramos un país rico solo por el hecho de tener petróleo bajo el subsuelo, y desde 1942 a progresivamente ir estatizando la actividad petrolera. Alrededor de 1943 con la promulgación de la legislación de hidrocarburos del momento se estableció la repartición igualitaria de los ingresos de la explotación de la actividad (el recordado fifty-fifty), más no de los costos de la operación. Luego, durante el gobierno de Rómulo Betancourt, con su política de “no más concesiones” le ponía un horizonte de 20 años a la terminación de las concesiones vigentes en la época. Esta medida hizo que las empresas concesionarias dejaran de invertir en capital, ya que, y basados en la experiencia de las nacionalizaciones en otros países productores de petróleo, podían esperar que no se renovaran las concesiones. La respuesta del gobierno Caldera I fue la promulgación de varias leyes para intentar revertir la desinversión en el sector petrolero y estatizar actividades como la explotación del gas y la comercialización de los derivados de hidrocarburos, y en paralelo el aumento del impuesto sobre la renta a la actividad petrolera.  Todo esto representaba mayores ingresos para el Estado venezolano.

Este afán estatista llegó a su clímax entre 1974 y 1975 con la elección de Carlos Andrés Pérez a la presidencia, quien en sus promesas de campaña incluía la “nacionalización” de la principal riqueza nacional.  Entre esos años fueron estatizadas las industrias del hierro y el petróleo.  Coincidió esos años con un conflicto en el medio oriente que hizo que los precios del petróleo se incrementaran casi 400%. Con una industria estatizada, para el gobierno del momento fue como ganarse la lotería. Y se comportó como tal. El gasto público se incrementó de manera abrupta, creando la ilusión de que por fin se había logrado la riqueza y el desarrollo. Y era difícil decir que no creer que era así, la clase media sentía que lo lograba todo y llegamos a ciertos niveles de locura, de gasto desenfrenado (en USA nos llamaban los “ta’barato”).

Esa riqueza, tal como la miel, atrajo a muchos emigrantes e hizo que nuestros vecinos de Latinoamérica nos vieran con cierta envidia y reconcomio. Los mismos sentimientos que bien describe Carlos Rangel en su obra magna Del buen salvaje al buen revolucionario, que en general sentimos los latinoamericanos respecto de los Estados Unidos en donde nos parece insoportable que en el mismo tiempo histórico ellos hayan alcanzado el desarrollo y nosotros no.

Obviando ese detalle, Venezuela fue un país diferente a otros de Latinoamérica en ciertos aspectos sociales, y eso lo he aprendido en mis años viajando a lo largo del continente.  Nuestra sociedad tenía mucha más movilidad social que otras, había mucha más apertura al inmigrante y, a pesar del estatismo, la clase media se hizo importante en la generación de riqueza, con todo y las taras compartidas.  

Respecto de la inmigración hay que hacer un apartado. En Venezuela hubo dos procesos migratorios importantes, el primero alrededor de 1950, que abrió las puertas a exiliados europeos de la segunda guerra mundial. Ese proceso migratorio fue un proceso de asentamiento (siguiendo las ideas de Acemoglu y Robinson), lo que hizo que esos “musiues” (portugueses, italianos, españoles, entre otros) se integraran en la sociedad, integraran su cultura y se sintieran parte de ese país que les abrió las puertas. El segundo proceso migratorio coincidió con el boom petrolero, y ese fue de tipo extractivo. Vinieron en ese proceso inmigrantes que lo que querían era aprovechar la riqueza que veían en Venezuela y que no había en sus países, solo venían de paso mientras lograban extraer riquezas. Y digo de paso, porque podía ser que Venezuela les abriera las puertas a otro destino (USA o Europa, principalmente) o luego de sentir que había logrado cierto bienestar, en menor medida, poder regresar a su país. Estos inmigrantes, mayormente latinoamericanos, también se mezclaron y trajeron con ellos también sus taras y resentimientos.

Hoy que a los venezolanos nos ha tocado emigrar de manera forzosa, por las causas descritas previamente, nos sorprende que tanto gobiernos como la ciudadanía de nuestros vecinos (y “hermanos”) latinoamericanos nos rechazan, discriminan y dificultan la estadía en sus países.  Ante todo, no quiero exculpar a muchos de mis compatriotas con malos comportamientos, que creen que tienen derecho de exigir cosas a estos otros países. 

Pero ¿por qué los gobiernos pondrían las cosas difíciles? Recuerden que el primer producto de exportación de muchos países de Latinoamérica son personas. La mayoría de estos países viven de las remesas que envían sus emigrados desde países desarrollados. Y eso complace a las élites económicas y políticas (aunque sea políticamente incorrecto admitirlo). Entonces, porque admitir a unos inmigrantes que van a venir a competir con nuestros ciudadanos y de paso, van a extraer remesas (nos gusta recibir, pero no que envíen, pero eso de las remesas lo discutiremos en otro artículo).

Y los ciudadanos? No se acuerdan cuando sus países vivían en crisis o bajo dictaduras y Venezuela les abrió las puertas. Pues no. Y no se quieren acordar, porque el rechazo a los venezolanos es la respuesta del envidioso de alegrarse de que quien envidiaba ahora perdió los atributos que causaban su envidia. Es el revanchismo de recordar que “ayer Uds eran ricos y ahora son pobres, y eso me complace”. Y este reconcomio llega a restregarnos en la cara que hemos sido incapaces de derrocar a la tiranía que nos mantiene en la miseria. Y esto pasa, con ciertos matices, en cualquier país del vecindario (mayormente en aquellos que en la época de bonanza venezolana eran más pobres). Y aunque hay gente que amablemente nos ha abierto las puertas de sus casas y vecindarios, siempre está el reconcomio (a mi mismo me han mandado de vuelta a mi país o me han recriminado de haber huido como refugiado, a pesar de ya tener la nacionalidad del país que me recibió y en muchos casos pagar más impuestos que quienes me han señalado)

Un buen amigo publica en su facebook una noticia terrible que en Chile asesinan a una venezolana dentro de su propiedad por tener la música alta. Y lo peor de la noticia es notar que en la mayoría de medios dentro comunicación de ese país del sur vienen sistemáticamente deshumanizando a la migración venezolana.  Y ese proceso de deshumanización está asentado en ese sentimiento de creerse superiores ahora que los venezolanos ya no tienen su antigua riqueza.



Este amigo cierra bien su reseña con una reflexión que aplica a todos aquellos países de la región en donde aflora ese resentimiento anti venezolano: no se crean mejores ni diferentes, solo van más lentos en el camino de su destrucción. Las taras latinoamericanas son las mismas, y siempre afloran, y tarde o temprano los alcanzarán. En el panorama actual, solo parece que Argentina está empezando a desandar ese camino autodestructivo, pero apenas está dando la vuelta.

Solo pido que este tiempo oscuro nos haga aprender a los venezolanos muchas cosas, pero entre ellas debemos tener dos muy claras: una vez recuperada nuestra libertad jamás hay que volver por la senda del socialismo y la inmigración con fines extractivos hay que limitarla.

Amanecerá y veremos

domingo, 14 de julio de 2024

Porque no me gusta el fútbol y porque no tengo fe

Pero el fútbol despierta las peores pasiones, despierta sobre todo lo que es peor en estos tiempos, que es el nacionalismo referido al deporte. Porque la gente cree que va a ver un espectáculo, pero no es así. La gente va a ver quién va a ganar.

Jorge Luis Borges

El fútbol es un deporte que despierta pasiones. En lo personal no es un deporte que me guste particularmente ni sigo constantemente.

El único evento futbolístico que siempre le di algo de seguimiento han sido los mundiales de fútbol.  El primero que vi fue España 82, y el equipo que me enamoró fue la selección de Brasil.  En aquella época no veía el tinte nacionalista que revertía seguir a una selección nacional de fútbol, para mi era sólo un equipo.  En 1990 sentí por primera vez el tema nacionalista, cuando en el mundial del momento, compañeros de colegio, descendientes de italianos, se burlaban porque en ese momento uno apoyaba a la selección de Argentina (con Maradona en su plantilla y su recordado "hijos de p..." cuando en el stadium pitaban el himno argentino) y llegué a oir el impromerio "ustedes (venezolanos) ni siquiera tienen selección en el mundial".  

Celebré en 1994 cuando la selección de Brasil logró el triunfo en penales ante Italia.  En esa oportunidad cuando le preguntaron a Ronaldo sobre las celebraciones en Venezuela (en varias ciudades se vieron caravanas de color amarillo y verde, como cualquier ciudad de Brasil), a lo que este respondió algo como que los venezolanos no tenían porqué celebrar ese triunfo. Todo un balde de agua nacionalista.

Con los años fui disminuyendo el seguimiendo a la selección de fútbol de Brasil.  Recuerdo que en una discusión con un compañero de trabajo, cerca del mundial de Francia 1998, este me increpaba sobre si yo creía que Brasil era mejor país que Venezuela por apoyar a su selección de fútbol, algo que me parecía una insensatez, yo solo disfrutaba el buen juego que hacía esa selección, para mi no tenía nada que ver con un sentimiento nacionalista.

Pero ahí el problema del fútbol, en especial las competencias de países (Mundial, Copa América, Eurocopa, etc.).  Además de ser parte del cloroformo social que adormece y distrae a la gente de las cosas importantes, estas competencias despiertan un colectivismo nacionalista que, y tal como pensaba Jorge Luis Borges, me parece deleznable.

A todo esto, la selección de fútbol de Venezuela siempre ha tenido un muy bajo nivel.  Competimos en la Conmebol, una de las regiones de fútbol más competitivas, y eso ha relegado a la selección a que nunca se haya podido clasificar a un Mundial.  Incluso en años donde había buena oportunidad ya que, o no competían Brasil o Argentina, o porque se habían ampliado los cupos, el bajo nivel de juego de la selección hacía perder oportunidades de juegos con selecciones comparables y al final no se lograba clasificar.

Al parecer en esta eliminatoria para el Mundial de Fútbol de 2026 hay mejor chance. Para la Conmebol hay 6.5 cupos para el Mundial, lo que abre la oportunidad a que no sólo los equipos grandes puedan clasificar.  Adicionalmente, el desempeño de la selección de Venezuela ha sido un poco superior a lo acostumbrado.  De ahí que empezó toda una campaña con un slogan esperanzador "Mano, tengo fe".

Entiendo que, luego de más de 25 años de la actual tragedia socialista que padece Venezuela (y que lamentablemente no tiene fin en el corto plazo, soy pesimista), la actuación de la selección de fútbol (la llamada vinotinto) en la actual Copa América ha insuflado ciertas esperanzas dentro de la población venezolana dentro y fuera del país.  Esperanzas vinculadas a dos cosas: 1) la posibilidad de que la selección clasifique al Mundial y 2) la necesidad extrema de tener algo positivo dentro de los malos tiempos que nos ha tocado vivir. 

Sería mezquino de mi parte no reconocer que el nivel de juego de la selección de Venezuela ha mejorado mucho, pero también sería una insensatez pensar, como muchos creían, que en la actual Copa América podían llegar a jugar la final o en algunos casos, llegar a ser campeón. Lo mismo aplica para las eliminatorias al mundial, hay mejores chances, pero tampoco hay que creerse que será fácil, mas allá del mal momento que puedan vivir selecciones fuertes como Brasil.

En pleno juego de cuartos de final, a Venezuela le tocó jugar contra Canadá. Sintonicé tarde el juego, y cuando empiezo a verlo, ya veo que perdía 1-0, a lo que comenté en mis redes "La vinotinto: jugando como nunca, perdiendo como siempre".  Algo que sirvió para que yo fuera objeto de críticas y de improperios por "no tener fe".

Y ahí está mi posición. Para mi el fútbol es un juego. Gane o pierda el equipo al que apoye, no cambiará mi bienestar, ni mejorará Venezuela. Por esas cosas es que no me gusta el tufo nacionalista de las competiciones internacionales de fútbol. Y por eso no tengo fe.

Amanecerá y veremos.

miércoles, 6 de julio de 2022

Nubes que opacan la computación en la nube (III): GoFundMe o GoFraudMe

El internet que conocemos hoy en día nació a partir de proyectos militares post segunda guerra Mundial y durante los años de la denominada Guerra Fría.  Al terminar este conflicto, parecía que ese interés de compartir recursos computacionales para fines bélicos ya había terminado, por lo que, a través de distintas iniciativas regulatorias, para inicios de los años 90, se levantó la prohibición existente de uso comercial en esta plataforma tecnológica.  

Mucha gente, incluidos los gobiernos, pensaron que esta plataforma tecnológica, cuyo uso era de especialistas técnicos no tendría mayor desarrollo.  Bien recordado es el erróneo vaticinio hecho por Paul Krugman que decía que "Para el 2005, será claro que el impacto de Internet en la economía no ha sido mayor al impacto de las máquinas de fax".  De hecho, esa subestimación por parte de los gobiernos es lo que permitió que la economía basada en Internet se desarrollara sin mayores regulaciones que las propias su crecimiento, con los aciertos y errores que esto puede traer.

Actualmente, el desarrollo del Internet, siguiendo la idea hayekiana del aprovechamiento del conocimiento disperso, ha alcanzado unos niveles de transformación de la economía real que va desde cambiar muchos negocios tradicionales al descubrimiento de modelos de negocio que antes no existían.

Uno de estos modelos es el de la colaboración en red para conseguir fondos y apoyar actividades.  Desde los pioneros sistemas de envío de pago (que han reducido de forma significativa los tiempos y costos de enviar dinero) como Paypal o Payoneer, a modelos que conectan a patrocinantes (Patreon) o plataformas que usan figuras públicas para conectar con sus admiradores (Onlyfans).  Ejemplo de esos modelos de negocio es GoFundMe, una plataforma con fines de lucro para la recolección de fondos (crowdfunding) para distintas iniciativas que van desde eventos hasta situaciones de enfermedad o ayudas estudiantiles.  Personalmente tuve un caso cercano de una buena amiga que usó la plataforma para recaudar fondos para una intervención quirúrgica.

Lo que me parece virtuoso de ese modelo de negocios es que permite conectar a personas que necesitan fondos con posibles donantes, y por sobre todo, se derrumba el mito de la falta de cooperación en la sociedad, usado sobre todo por grupos de interés, que dado que la gente no contribuirá con sus causas, hay que solicitar esos fondos al gobierno, para, vía impuestos, obligar a la gente a financiar causas que quizás libremente no lo haría.

En días recientes, y a pesar del silencio de grandes medios, se organizó una protesta de camioneros en Canadá, para obligar a las autoridades en derogar las medidas restrictivas relacionadas con la vacunación obligatoria como consecuencia del Covid-19.  La primera reacción del primer ministro de Canadá, el progresista Justin Trudeau, fue intentar minimizar la manifestación de los camioneros, alegando que se trataba de un grupo marginal e incluso que era protagonizado por la «extrema derecha» y «supremacistas raciales».  Hay que recordar que el gobierno de Canadá ha mostrado una serie de signos totalitarios, no sólo respecto de la situación de la pandemia del Covid-19.

La protesta fue creciendo y las caravanas de camioneros llenaron la ciudad de Ottawa para hacer valer sus peticiones.  Las protestas han sido pacíficas (a diferencia de las organizadas por movimientos marxistas como Black Live Matters) pero contundentes.  Tanto que el primer ministro Trudeau tuvo que refugiarse en un "sitio desconocido" para luego publicar en su cuenta de twitter que había sido diagnosticado con Covid y debía trabajar de forma remota.

No sólo los camioneros estaban en la protesta. Una cantidad importante de personas empezaron a donar dinero a la causa de los protestantes, que legítimamente exigían el fin de las restricciones y que el gobierno se detenga en sus pretensiones totalitaria de progresivamente reducir libertades.  Hasta hace unos días, y a través de la referida plataforma GoFundMe, habían recaudado mas de 9 millones de dólares americanos de mas de 113 mil personas.

De un día para otro, y usando la excusa (muy usada en estos días recientes en polémicas de plataformas de Internet) de violación de los términos de servicio por "violencia y otras actividades ilícitas".  Nuevamente aparece la peligrosa situación de la aplicación de términos y normativas ambiguos, que pueden cambiar de forma unilateral y cuyas sanciones son inapelables (algo que discutimos en un artículo previo).  Y algo peor, GoFundMe ha decidido tomar parte de lo recaudado y repartirlo entre ONG's ideológicamente alineadas con ellos, y el resto, devolverlo a los donantes, si "estos últimos lo solicitan", es decir, GoFundMe pretende quedarse con el dinero donado, aprovechando la inacción colectiva de mucha gente.

Y tal como advertí en el primer artículo de esta serie, este accionar de las empresas de BigTech siembra serias dudas sobre negocios en la nube, ya que, nuevamente, luego de arduo esfuerzo, estas empresas pueden decidir robar lo recaudado simplemente porque las ideas de la iniciativa no coincidan con las de GoFundMe.  Y no es simplemente, como dicen muchos, que "si no te gusta los términos del servicio, usa otra empresa".  Lo que está pasando es que estas empresas de servicios pretenden privatizar espacios públicos y el cambio constante de los términos de servicio es un atentado al estado de derecho y al respeto de los contratos.

Me sigue sorprendiendo que los ataques mas fieros a la libertad provendrían de unas empresas de un sector que nació prácticamente libre, sin regulación alguna, y que fue gracias a esa libertad que se han desarrollado y han logrado convertirse en lo que llaman ahora Big Tech.  El problema es que muchos los líderes de estas empresas tienen ideas equivocadas basadas en que todo aquello que no les guste, puede ser cerrado.  Y esto es un ataque a la libertad.  Sin olvidar que muchas de estas empresas Big Tech tienen una relación incestuosa con los gobiernos.

Es imprescindible darnos cuenta que así como la tecnología puede ser usada para el avance de las sociedades y para el ejercicio de nuestras libertades, esta misma tecnología, en manos de los gobiernos, puede representar un serio riesgo a nuestras mismas libertades. Y es algo sobre lo que debemos estar siempre vigilantes, que, como decía Jefferson, es el precio de la libertad. 




domingo, 31 de enero de 2021

Nubes que opacan la computación en la nube (II): Normas Comunitarias versus Estado de Derecho

Dice una leyenda urbana que, si uno leyera a fondo los términos de servicios que uno habitualmente adquiere (cuentas de banco, líneas telefónicas, etc.), no los adquiriera dadas las protecciones que los proveedores colocan en letras pequeñas en dichos contratos.

La sociedad comercial moderna se basa en contratos. Contratos de corta ejecución y por ende simples (por ejemplo cuando usted compra un bien inmediato) o contratos cuya duración es larga y por ende su ejecución se vuelve compleja, dado que mayormente los contratos son incompletos ya que "ex-ante" no se pueden proveer todas las situaciones de una relación contractual.  A pesar de estas irregularidades, una de las condiciones necesarias de los contratos es que, estos deben ajustarse a las leyes que rigen el estado de derecho y no deben ser modificados de forma unilateral por una de las partes.

Desde el nacimiento de la computación comercial han existido los términos de servicio, ya que las empresas comercializadoras de software se han cuidado dentro de sus relaciones comerciales, que los compradores de sus software no puedan tomar a las fallas naturales de los productos como incumplimiento de los contratos y por ende, demandarlos judicialmente.

Al aparecer los servicios digitales en Internet, estos términos de servicio se extendieron a esta área. De hecho, cuando usted abre una cuenta de correo o en una red social, siempre se coloca el check mark de "acepta usted nuestros términos de servicio".  Términos que, con la evolución del negocio digital, han venido cambiando de forma unilateral por parte de los proveedores de servicio y se entiende que si se sigue usando el servicio es que, usted como usuario, ha aceptado estos cambios.

De los términos de servicios, con el aparecer del concepto de red social, ha aparecido el nuevo concepto de "Normas Comunitarias". Una especie de legislación especial que rige las relaciones entre esas comunidades digitales, y que, si usted como usuario las viola, puede estar sujeto a sanciones temporales o incluso permanentes, lo que puede implicar, que el proveedor le puede denegar, de por vida, el servicio. Éste es el caso de la suspensión a Donald Trump en Twitter, o más recientemente a César Vidal en YouTube.
Se pudiera argumentar que estas empresas, como empresas privadas, pueden decidir sus reglas y admitir a quien ellas lo decidan. Hasta aquí el argumento pudiera soñar correcto. El problema son estas "Normas comunitarias" y su aplicación. En primer lugar estas no son normas comunitarias, son términos de servicio establecidos por el prestador de servicio, en muchos casos son ambiguas y poco claras y, en especial, sus procedimientos de sanciones son poco claros y en muchas ocasiones cambiantes según la circunstancia.  Adicionalmente, estas sanciones son inapelables, convirtiéndose estos proveedores en jueces supremos fuera del sistema legal del Estado de derecho.

Como argumenté en el primer artículo de esta serie, la decisión de denegación de servicios de estos proveedores, por razones muchas veces no claras o simplemente porque quien contrata no comparte la ideología política del proveedor, este último puede suspender de forma unilateral los servicios y acabar de un día para otro con el negocio. O como se hace en China, servir para condenar al ostracismo social a quienes las violen.

Éste tema de las normas comunitarias es un riesgo para la sociedad contractual y para el estado de derecho y para la sociedad libre. Es algo que se debe ver con mucho cuidado. Estudiarse a fondo en las escuelas de derecho.
Por lo pronto se debe enfrentar a estas empresas que, usando su poder económico, pretenden imponer su visión ideológica de lo que sería la legislación: no hay ciudadanos, hay usuarios (los cuales no tienen derechos); no hay estado de derecho, hay normas comunitarias (cuyo funcionamiento es inapelable).