miércoles, 16 de julio de 2008

La Injustificada Canonización de Allende

Hace días fue publicado en El Nacional un artículo de opinión firmado por Eduardo Mayobre, titulado Allende y la izquierda democrática, en donde el autor, a razón de que en este año se cumplieron 100 años del nacimiento del ex-presidente Chileno, pretende demostrar la supuesta vigencia de su mensaje y su gestión gubernamental.

El Sr. Mayobre también indicaba que en la época cuando Allende llegó al poder, los movimientos de izquieda en latinoamérica se ubicaban del lado radical revolucionario, representado por Fidel Castro, y en el otro extremo, la social democracia representada por Rómulo Betancourt. Para el autor, Allende representaba la tercera vía de la izquierda, la "vía chilena al socialismo", la implantación de un régimen marxista por vías democráticas.

El autor, como buen militante de la izquierda borbónica (esa, que como dice Petkoff, ni olvida ni aprende), intenta diferenciar al actual gobierno socialista marxista que dirige a Venezuela de esa vía chilena al socialismo, llegando a decir que Allende hubiese repudiado al gobierno de Hugo Chávez. El autor olvida, u oculta de manera intencionada, que el único resultado del socialismo marxista es el totalitarismo y la destrucción económica de los ciudadanos, y era la vía que el gobierno de Allende estaba tomando, pero cuyo resultado fue peor, la aparición de una terrible dictadura.

Para contestarle al Sr. Mayobre, hoy reproduzco un artículo de Lorenzo Bernaldo de Quirós llamado La Injustificada Canonización de Allende.

====================================

La conmemoración del treinta aniversario del golpe de Estado contra Salvador Allende el pasado 11 de septiembre ha desencadenado una ola de comentarios y análisis en los cuales se canoniza la figura del derrocado presidente y se le convierte en una especie de mártir de la democracia. Sin duda, la larga dictadura instaurada por el general Pinochet y la brutal represión a la que dio lugar merecen una condena unánime. Sin embargo, la historia del fin del gobierno de la Unidad Popular es bastante distinta a la reflejada por una buena parte de los medios en estos días y muy diferente a como se contempló en su momento. Como expresaba The Economist en su editorial del 13 de septiembre de 1973: "La muerte transitoria de la democracia en Chile será lamentable, pero la responsabilidad directa pertenece claramente al Dr. Allende y a aquellos de sus seguidores que atropellaron la Constitución".

La tragedia chilena no fue el producto de la casualidad ni de los intentos de las "fuerzas reaccionarias" de acabar con un proceso de cambio pacífico, sino el efecto directo del proyecto ideológico diseñado por el Partido Socialista de Chile. En sus congresos de Linares (julio de 1965) y de Chillán (noviembre de 1967), el PSCH se definía como marxista-leninista y proclamaba la legitimidad del uso de la fuerza como medio para alcanzar y/o mantener el poder. En el Congreso de Chillán, la resolución adoptada unánimemente por los compromisarios decía que "la violencia revolucionaria es inevitable y legítima... Constituye la única vía que conduce a la toma del poder político y económico, y su ulterior defensa y fortalecimiento. Sólo destruyendo el aparato democrático-militar del Estado burgués puede consolidarse la revolución socialista". Obviamente de esta misma opinión eran los restantes miembros de la coalición allendista como el MIR o el Partido Comunista (Ver Julio Cesar Jobet, La Historia del Partido Socialista de Chile, Documentas, 1987)

A mediados de 1973, el ejercicio antidemocrático del poder por parte de Allende y de sus ministros le había conducido a un choque institucional abierto con los poderes legislativo y judicial. El 23 de agosto de ese año, la Cámara de Diputados por una mayoría de dos tercios y, el 26 de mayo, la Corte Suprema denunciaron la violación de los derechos constitucionales y de la legalidad practicadas por el gobierno. En un discurso pronunciado a los pocos días, el Presidente respondió: "En un período de revolución, el poder político tiene derecho a decidir en último recurso si las decisiones judiciales se corresponden o no con las altas metas y necesidades históricas de transformación de la sociedad, las que deben tomar absoluta precedencia sobre cualquier otra consideración. En consecuencia, el Ejecutivo tiene derecho a decidir si lleva a cabo o no los fallos de la justicia". Esta declaración es consistente con la formulada por su Ministro de Justicia el 1 de julio de 1972: "La revolución se mantendrá dentro del derecho mientras el derecho no pretenda frenar la revolución". Esta fue la base moral y política del alzamiento contra el gobierno de la Unidad Popular.

En su carta al Presidente de la Democracia Cristiana Internacional, 8 de noviembre de 1973, Eduardo Frei sintetiza la coyuntura chilena que desencadenó en el golpe de Estado en los siguientes términos: "Trataron de manera implacable de imponer un modelo de sociedad inspirado claramente en el marxismo leninismo. Para lograrlo aplicaron torcidamente las leyes o las atropellaron abiertamente, desconociendo los Tribunales de Justicia... En esta tentativa de dominación llegaron a plantear la sustitución del Congreso por una Asamblea Popular y la creación de Tribunales Populares, algunos de los cuales llegaron a funcionar, como fue denunciado públicamente". De esta manera, el ex presidente Frei, cuyo partido había apoyado la elección presidencial de Allende, ponía de manifiesto las causas determinantes de la crisis.

La caída de Allende supuso un retroceso para las aspiraciones soviéticas de infiltrar y desestabilizar el continente iberoamericano, estrategia asumida por el Partido Socialista en su Congreso de Linares en el cual se abogaba por "promover un proceso de enlace y coordinación e integración de todos los movimientos revolucionarios de América Latina". A lo largo de sus tres años en el gobierno, la Unidad Popular había transformado Chile en un satélite cubano y daba pasos decisivos para convertir el país en un Estado comunista desde una base electoral del 32.6% de los votos y con minoría en el Parlamento. Como declaró a la prensa el futuro presidente del Chile democrático, Patricio Alwyn: "La verdad es que la acción de las Fuerzas Armadas y del Cuerpo de Carabineros no vino a ser si no una medida preventiva que se anticipó a un autogolpe de Estado, que con la ayuda de las milicias armadas con enorme poder militar de que disponía el gobierno y con la colaboración de no menos de diez mil extranjeros que había en este país, pretendían o habrían consumado una dictadura comunista (La Prensa, 19 de octubre de 1973).

Todo esto sin contar con el abismo socioeconómico al que Allende llevó a Chile. La inflación se situó en el 350% antes del golpe de Estado. Las expropiaciones sin compensación, la pésima gestión macroeconómica, entre otros, se tradujeron en la quiebra de miles de pequeñas y medianas empresas. Una ola de huelgas sacudió el país ante la ineptitud del gobierno y la pobreza alcanzó límites desconocidos en Chile. Con su programa marxista en marcha, la Unidad Popular destruyó la economía chilena y situó al país al borde del precipicio. A pesar de todo, esa no fue la causa central ni principal de la asonada cívico-militar.

La intervención militar fue el resultado de una rebelión civil y parlamentaria ante la deriva del régimen de Unidad Popular hacia el totalitarismo. Allende tenía una limitada legitimidad de origen que destruyó mediante un ejercicio inconstitucional del poder. El resultado fue la entronización de un largo, injustificable y doloroso período de autoritarismo militar con una legión de ciudadanos exiliados, encarcelados y torturados. Ahora bien, Salvador Allende carece de títulos para figurar en el santoral o en el martirologio de la democracia chilena, como pretenden algunos, porque lideró un proyecto cuyo final hubiese conducido de manera inexorable a la destrucción del sistema democrático en Chile. Su trágica muerte merece compasión por el hombre, pero sobre todo por el país al que su sectarismo hundió en la negra noche de la dictadura; nunca más un Allende ni un Pinochet.

lunes, 23 de junio de 2008

Soy Liberal.... y punto.

Que daño nos ha hecho a los grupos liberales, de cualquier país, el sectarismo con el que se comportan los miembros de las corrientes de pensamiento que se encuentran dentro del liberalismo.

Desde que conocí la ideología liberal y he intentado hacer política, he conocido a compañeros que se creen más liberales que otros, porque son anarquistas o porque profesan el liberalismo clásico. Descalifican a priori a otros compañeros o a figuras públicas, porque según su criterio no son lo suficientemente liberales o tienen criterios elásticos y le dan concesiones a las ideologías contrarias.
Lamentablemente, estas opiniones vienen de personas que se definen liberales clásicos y seguidores de la escuela austríaca de economía, pero ignoran abiertamente que los austríacos jamás se definieron ni se definen como liberales clásicos, sino como liberales sin ningún apellido. De hecho, y en palabras de un austríaco moderno, Jesús Huerta de Soto, considera que el liberalismo clásico fue basado en doctrinas falsas y considera a los liberales clásicos como unos fracasados históricos (pueden ver en http://es.wikipedia.org/wiki/Huerta_de_Soto)

Critican a Milton Friedman, por su teoría monetaria de la cantidad de dinero y de las restricciones constitucionales a la impresión de dinero, sin tomar en cuenta el contexto de tiempo (que ha llegado al mismo del presente) cuando Friedman escribió esa teoría. Mi pregunta es, ¿cuál gobierno, sea liberal de la corriente que sea, será capaz de disminuir sus poderes? Si una de las premisas de los liberales, es que hay que controlar el poder, porque una vez que l
os hombres lo tienen, sin control, es imposible que lo dejen. ¿Cuán factible es que cualquier país vuelva a adoptar el patrón oro? Hay que ser realistas. Y eso no significa darle concesiones a la ideología contraria.

En mi humilde opinión, tener esa actitud desde cualquier corriente liberal, es parecerse a los socialistas. Siempre recuerdo la actitud en contra de los sectores socialistas que aceptan el mercado, a quienes los radicales (bolcheviques) los llaman reformistas que aceptan las instituciones burguesas. Eso me suena a que son elásticos y dan concesiones a la ideología contraria.

Si los liberales creemos en la libertad sin apellido, como es posible que no toleremos en nuestras filas a quien no tenga las mismas opiniones. El mismo Lugwig von Mises en su propia autobiografía dice que sus posiciones radicales lo llevaron a aislarse hasta del mundo académico. Será que eso le está pasando a algunos liberales, que sus posiciones radicales (que yo los llamo dogmas, en los que no creo) los están llevando a aislarse del mundo, académico y político.

Por eso, cuando me preguntan, yo respondo, soy Liberal.... y punto.

domingo, 22 de junio de 2008

Indecu Internacional


En el periódico El Nacional de hoy, el principal titular indica que en el Foro Internacional de Energía productores y consumidores de petróleo se reunen para intentar frenar el incremento que ha venido experimentando en los últimos años el precio de ese combustible.

Con la acostumbrada arrogancia que suelen mostrar, en primera instancia el Ministro de Energía y presidente de PDVSA dijo a principios de la semana que él, como representante del gobierno de Venezuela, no asistiría a tal reunión, ya que la única reunión que él reconocía era la de la OPEP. Días después, acepta asistir a dicha reunión pero con la propuesta de no aumentar la producción.

Quien ha estudiado un poco de economía sabe que al disminuir la oferta los precios suben y viceversa. Más aún los de un producto de primera necesidad como lo es el petróleo.

El actual gobierno, continuamente ataca a los empresarios que disminuyen su producción, no por una estrategia macabra que busca subir los precios, tal y como lo hace Venezuela y los países de la OPEP con la producción petrolera, sino porque no existen los incentivos para producir. El gobierno aplica controles de precios sobre los productos y los asigna de acuerdo a lo que ellos consideran deben ser los precios "justos".

Diría yo. Los países consumidores no pudieran acusar al gobierno de Venezuela y a los países de la OPEP de ser acaparadores y de emplear una estrategia perversa para subir los precios. Igualmente estos países pudieran solicitar la creación de un Indecu Internacional que pudiera aplicar controles de precios al petróleo, ya que un precio justo pudiera ser 10$ por barril y si los vendedores no lo cumplen les pudieran decomisar el petróleo y regalarlo o venderlo a precios justos en un Mercal o PDVal internacional de petróleo. Sería una propuesta interesante.

Pero, ¿qué diría el actual gobierno? si son las mismas políticas que se aplican a nivel interno en contra de los productores o vendedores nacionales. Es justo que los países pobres puedan acceder al petróleo sin tener que pagar ese precio exorbitante que el mercado asigna. Y como al actual gobierno no le gusta el mercado, estoy seguro que aceptaría las normas de ese Indecu Internacional.

lunes, 16 de junio de 2008

Desesperanza Liberal

Los liberales son aquellos que tienen la causa de la libertad en el corazón. Friedrich Hayek

Buscando en el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, o mejor dicho, en su sitio de internet (www.rae.es) el significado de la palabra desesperanza, encontré lo siguiente:

Estado de ánimo en el que se ha desvanecido la esperanza

Realmente así me siento a veces, como que no hay esperanza. Siento como liberal y como político que estoy perdiendo mi tiempo. Que estoy luchando contra un Goliat de mil cabezas, y que aún con la ayuda de Dios, yo como David no podré vencer.

Reunido hoy con varios compañeros de la ODLV, la expresión de algunos de ellos era que nuestra titánica tarea de vencer al socialismo en Venezuela no nos daría frutos. La conclusión que rondaba por sus mentes era la de que si nuestro país no podía corregir el rumbo en algún momento, lo mejor para nosotros era emigrar a otro país en donde nuestras ideas fuesen más apreciadas. Quizás eso mismo pasó por la cabeza de Hayek cuando abandonó su natal Austria para emigrar a Gran Bretaña y luego a Estados Unidos.

A mi modo de ver, Venezuela es un país que el socialismo (democrático y revolucionario) lo ha llevado a ser el ejemplo de lo que no debe ser un país ni una sociedad. Un país con reservas de recursos naturales inmensas, pero que le pertenecen en su totalidad al Estado, el cual desde mucho tiempo atrás es inmensamente rico y que ha hecho a sus ciudadanos pobres y por ende dependientes de la benevolencia de los distintos gobernantes.

Pero no sólo eso. La clase media, que se supone ser la llamada a generar los líderes presentes y futuros de la sociedad, es una clase vacía, sin ningún tipo de preocupación por el desarrollo intelectual, que ha labrado su riqueza en muchos casos (no en todos, los que no muy dignos) a costilla de los distintos gobiernos socialistas. La famosa canción de Rubén Blades, titulada Plástico, es la mejor definición de lo que es esa clase media, las mujeres pendientes de la moda en Paris o Nueva York, los hombres pendientes de la Fórmula 1, y como padres les enseñan a sus hijos que son mejores que los demás porque tienen dinero, y que los pobres son simples objetos, dignos de ser ignorados.

Todo este lamentable panorama, se ha confabulado para conducir la vida política del país al abismo del socialismo real. Porque eso de que el gobierno está construyendo el socialismo es falso, es la misma receta escrita por Marx, perfeccionada por Lenin, aplicada por Stalin y Mao, y mantenida por Fidel. La misma receta de muerte y destrucción. Ahora encabezada por Chávez.

Cuan difícil es la tarea que tenemos los liberales aquí en Venezuela. Intentar enderezarle el rumbo al país, para librar a los pobres de la pobreza material y a los que no son pobres de la pobreza intelectual.

Al ver a otros compañeros liberales, que tienen más de veinte años en la política y han logrado poco o nada, me causa un poco de desánimo. Cuando veo que es la izquierda (democrática o revolucionaria) la que tiene espacios en los medios de comunicación y tergiversan de manera perversa los hechos, me desespero y creo que no hay salida. Pero cuando recuerdo a Hayek, me digo que vale la pena. Con todo y que a veces uno crea que no hay esperanza. Vale la pena.

martes, 10 de junio de 2008

Jean-François Revel // Esperanza Aguirre

Hoy reproduzco un artículo de Esperanza Aguirre en honor a Jean François Revel. Esperanza es una de las pocas políticas que defiende al liberalismo y sus virtudes sin ningún miedo, y más aún defiende su superioridad material y moral frente al socialismo.

================================
Jean-François Revel // Esperanza Aguirre

Todos los amantes de la libertad en España tenemos una enorme deuda de gratitud con Jean François Revel. Una deuda que yo misma tuve ocasión de reconocerle en persona en la Casa de Correos. Y a la que el Gobierno, en representación de todos los españoles, correspondió el pasado 28 de enero con la imposición a Revel de la Gran Cruz de Isabel la Católica. Como española y como liberal, me llena de orgullo y de satisfacción que Revel haya recibido, en su octogésimo cumpleaños, esta alta distinción. Pues creo que hay muy pocos intelectuales amigos de España que la merezcan tanto.

Como Revel, todos los liberales del mundo, especialmente los europeos, nos hemos hecho alguna vez estas preguntas: ¿por qué el liberalismo, la filosofía social y política que más ha contribuido a emancipar al hombre de todo género de servidumbres y que más ha ayudado a salir de la miseria a todos los pueblos que la han puesto en práctica, despierta tanta animadversión y es objeto de tantas tergiversaciones y calumnias? ¿Por qué tras el estrepitoso fracaso del comunismo, su legado de miseria, de represión y de crímenes, sigue teniendo defensores? Es más, ¿cómo es posible que, lejos de rectificar, consigan cargar sus culpas sobre el liberalismo y los liberales?

Estas preguntas, y muchas otras por el estilo, carecerían de respuesta si admitiéramos que nuestros adversarios están imbuidos de buena fe. Que anhelan tanto como nosotros el progreso y el bienestar de la Humanidad pero que, sin embargo, han cometido un error intelectual. Esta pauta, dar por sentada esa buena fe, es la que hemos seguido siempre los liberales y, en general, los defensores de la civilización occidental. Y, en este sentido, no hemos ahorrado esfuerzos para depurar nuestras doctrinas y hacerlas más completas y más comprensibles tanto para nuestros adversarios en particular como para nuestros conciudadanos en general.

La labor de los grandes teóricos y defensores del liberalismo -Mises, Hayek, Friedman, Becker, Popper, Aron, Berlin, etc.- durante el siglo XX estuvo dedicada casi en exclusiva a encontrar argumentos y demostraciones racionales que pudieran convencer a nuestros adversarios de la superioridad teórica, ética y práctica de los órdenes sociales basados en los postulados liberales. Sin embargo, esos esfuerzos han sido, en su mayor parte, infructuosos. Y la prueba está en que, para muchos de nuestros conciudadanos, la utopía socialista sigue siendo sinónimo de justicia, igualdad, paz, tolerancia, libertad y progreso.

¿Cuál ha sido, pues, nuestro error? Los ensayos de Jean François Revel nos dan la respuesta a esta pregunta y a las que he formulado al principio. Y lo que puede deducirse del magisterio de uno de los pocos «mâitres-à-penser» que ha dado la Francia contemporánea es que los defensores del liberalismo hemos cometido durante mucho tiempo el mismo error que cometieron los liberales del siglo XIX. En nuestra calidad de herederos del pensamiento racional grecolatino, hemos creído que, al igual que la luz elimina por sí misma las tinieblas, la sola exposición de la verdad es suficiente para desterrar automáticamente los errores y las doctrinas falaces.

Revel nos ha demostrado en «El conocimiento inútil», en «La gran mascarada» y en «La obsesión antiamericana» que los enemigos del liberalismo no están animados de las mismas buenas intenciones que nosotros compartimos. Que no utilizan su capacidad racional para acercarse a la verdad, sino más bien para diseñar estrategias que logren ocultar, dulcificar o tergiversar las duras verdades que revelan tanto la teoría como la práctica histórica del socialismo.

Así, y parafraseando los títulos de las obras más recientes y conocidas de Revel en España, los enemigos de la libertad han logrado convertir en inútiles todos los conocimientos que los teóricos del liberalismo y los historiadores han aportado acerca de la utopía más trágica que ha conocido la Humanidad. Han logrado ocultar en una gran mascarada de calumnias y tergiversaciones todas sus culpas y responsabilidades morales por los millones de víctimas del comunismo. Y han conseguido cargar esas culpas y responsabilidades sobre su gran chivo expiatorio: los EE.UU, la nación que más ha contribuido en el siglo XX a la defensa de la libertad en el mundo.

En definitiva, los liberales hemos pecado de optimismo y de ingenuidad. No hemos sabido advertir que el ataque de los enemigos de la libertad ha sido deliberada y perfectamente planeado, pues se ha dirigido precisamente allí donde podía hacer más daño: a corromper y demoler los fundamentos que sostienen nuestra sociedad.

Para destruir una sociedad que depende de la observación de ciertas normas éticas, del ejercicio de la razón, del conocimiento científico y de la información veraz es preciso destruir o corromper la ética, negar la capacidad de la razón, poner en duda el conocimiento científico. Y, sobre todo, es necesario contaminar las fuentes de formación y de información de los ciudadanos: la educación y los medios de comunicación.

Esta es, tal y como nos muestra Revel, la estrategia que han empleado siempre los enemigos de la libertad y de la civilización occidental. Y ha sido tal su éxito en esta siniestra tarea que, como nos advierte Revel en «El conocimiento inútil», han conseguido sobrevivir a sus propios fracasos en el banco de pruebas de la Historia. Precisamente porque han logrado que la mentira sustituya a la verdad para ser la primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo.

Los adolescentes, en su tránsito hacia la madurez, han de aprender de sus maestros y de sus mayores que no siempre triunfan el bien y la verdad sobre el mal y la mentira. Del mismo modo, creo que muchos liberales hemos aprendido de Revel esta misma lección en el plano intelectual: no basta con tener las mejores teorías. Ni siquiera basta con que esas teorías hayan probado su veracidad y su eficacia en el mundo real. Es preciso, además, saber transmitir eficazmente la verdad.

Creo que esta es, precisamente, la tarea más urgente a la que nos enfrentamos los liberales. Tanto los que nos dedicamos a la política como los que se dedican a la docencia y al periodismo podemos y debemos ser eficaces «second-hand dealers of ideas», como recomendó Hayek cuando fundó la Sociedad Mont Pelerin. Porque, como advirtió Ludwig von Mises, su maestro, la supervivencia de nuestra civilización depende en muy gran medida de nuestra capacidad para convencer a la opinión pública de que sólo una auténtica democracia liberal y una verdadera economía de mercado pueden garantizar la libertad, el bienestar y el progreso de la Humanidad. Especialmente el de los más desfavorecidos.

Revel fue uno de los primeros que abrió brecha en el pétreo panorama intelectual prototalitario que caracterizó la mayoría del pensamiento europeo desde el final de la II Guerra Mundial. Y aunque hoy el liberalismo sigue gozando de una excelente mala prensa, en la época en que Revel publicó su primer gran ensayo, «Ni Marx ni Jesús», criticar abiertamente y sin complejos el totalitarismo comunista y, al mismo tiempo, defender el liberalismo, eran bazas seguras para ser tildado de loco fascista y para ser marginado de la esfera intelectual.

Cuando la vida política española se encuentra convulsionada por las maniobras y los tejemanejes de algunos que anteponen sus intereses partidistas a los intereses generales, se hace más importante que nunca recordar que para estar en política es indispensable apoyarse en unos principios sólidos y coherentes. Y la lección de valentía y de coraje que ha dado Revel a lo largo de su vida en defensa de los principios que mejor pueden impulsar el progreso, el bienestar y la dignidad humana es y será siempre un ejemplo para todos los verdaderos amantes de la libertad.